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El estudio de la violencia contra la mujer no debe centrarse sólo en sus formas extremas, sino también debe incluir los micromachismos. Así se denomina a las acciones y maniobras que algunos hombres usan para mantener o recuperar el dominio.
El micromachismo es una serie de prácticas cotidianas, a veces imperceptibles por los demás, y se da en el orden de lo “micro”. Irma López, quien atiende a mujeres víctimas de la violencia, menciona que con frecuencia este tipo de agresiones empieza de manera sutil, a veces desde el noviazgo, es decir, que empiezan con una mirada o con alguna palabra hiriente.
Estos comportamientos incluyen pequeños abusos y violencias que atentan contra la autonomía de la mujer. Según explica la profesional, así buscan imponer sus criterios y puntos de vista sin llegar a acuerdos, algo que aprendieron en su socialización en una cultura que usualmente le otorga el monopolio de la razón, del poder social y moral sobre la compañera.
Estos micromachismos ejercen efectos dañinos en las mujeres, las relaciones familiares y aun en los hombres mismos. Quedan atrapados en modos de relación que convierten a la fémina en adversaria, se impiden el vínculo con una compañera y en lugar de afecto obtienen resentimientos.
Los tipos de micromachismo son coercitivos o directos, encubiertos o de control oculto y de crisis. En los primeros, se usa la fuerza moral, psíquica, económica o de la propia personalidad, para intentar doblegar y anular a la mujer, quitándole toda razón. En los encubiertos, el hombre oculta su objetivo de dominio y a partir de maniobras sutiles, que pasan inadvertidas, logra que ella no haga lo que quiere, sino lo que él decide. Por último, los micromachismos de crisis suelen utilizarse en momentos de desequilibrio, tales como aumento del poder personal de la mujer por cambios en su vida, o pérdida del poder del varón por razones físicas o laborales. Al sentirse amenazado puede utilizar sus maniobras para restablecer su control.
Como todas las agresiones contra la mujer, la víctima debe darse cuenta de que está metida en un círculo vicioso y romperlo. “Si no lo hace puede haber consecuencias graves a largo plazo”, explica López.
Lo importante es que la mujer rompa el silencio y exija sus derechos y, si es necesario, se salga de una relación que no es positiva para ella.
Por Jessica Masaya
Fuentes: Irma López, psicóloga, Fundación Sobrevivientes. www.mujereshoy.com y www.psicoterapiaintegral.com